"Art is the only serious thing in the world. And the artist is the only person who is never serious" Oscar Wilde.



"Haz lo necesario, después todo lo posible, y así conseguirás hasta lo imposible" San Francisco de Asís


sábado, 15 de febrero de 2020

"Monasterio de los Jerónimos". Lisboa

Es una falta imperdonable visitar Lisboa y no acercarse a contemplar el monumento más impresionante de la ciudad, el "Monasterio de los Jerónimos". Ubicado en el barrio de Belém, por el que caminamos después de hacer una interminable cola para comprar los deliciosos pastelillos del mismo nombre, se alza de pronto ante nosotros, imponente en toda su magnificencia, elevando sus blancas agujas hacia el límpido cielo azul de la tarde lisboeta, cegando nuestros ojos con su albo resplandor y dejando prendido en nuestros labios un espontáneo suspiro de admiración.


Como tantos otros, el Monasterio nos habla de la historia de Portugal, de sus Reyes y de su pueblo. Así, debemos remontarnos a 1496, año en el que el rey Manuel I pide permiso a la Santa Sede para la construcción de un gran monasterio a la entrada de Lisboa, cerca de las orillas del Tajo, principalmente para reunir en un panteón a la rama dinástica que comenzó en Avante-Beja. 

El Monasterio de los Jerónimos vendría así a reemplazar a la iglesia que alguna vez existió en el mismo lugar, la Ermida do Restelo, fundada por Enrique el Navegante, y en la que Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche en oración antes de partir hacia la India. Se mantuvo su invocación a Santa María de Belém por expreso deseo del monarca.

Comenzaron los trabajos en 1501, estando finalizados aproximadamente un siglo después. El edificio del Monasterio se considera el máximo exponente del estilo "manuelino", estilo que combina elementos arquitectónicos del gótico final y del Renacimiento, asociando simbología monárquica, cristológica y naturalista que lo convierten en un estilo único. Construido en piedra caliza, cuenta con una fachada de más de 300 metros, cuyo principio de horizontalidad confiere al conjunto un aspecto de recogimiento a pesar de la explosión decorativa del mismo.



Denominado originariamente "Monasterio de Santa María de Belém", se conoce hoy como "Monasterio de los Jerónimos", puesto que D. Manuel I eligió a los monjes de la Orden de S. Jerónimo para ocuparlo, teniendo éstos entre otras funciones las de rezar por el alma del rey y proporcionar asistencia espiritual a los marineros que partieron de la playa de Restelo para descubrir otros mundos. Aquí permanecieron durante cuatro siglos, hasta su disolución en 1833. 

El centro visual de la fachada del Monasterio paralela al río Tajo es el Portal Sur. Construido entre 1516 y 1518 por João de Castilho, según el proyecto del francés Diego de Boitaca, supone una entrada lateral al recinto. En el pórtico, Nuestra Señora de Belén con el Niño,  llevando en la mano el recipiente de las ofrendas de los Reyes Magos. A ambos lados de la Virgen encontramos una multitud de estatuas que representan a santos, profetas, apóstoles, y doctores de la Iglesia.

En el tímpano aparecen representadas dos escenas de la vida de S. Jerónimo, y el escudo de armas de  Portugal. Debajo, entre las puertas gemelas de la Iglesia, aparece el Infante D. Enrique, fundador como hemos dicho de la  de la Ermida do Restelo y principal promotor de los Descubrimientos. Dominando todo el conjunto, imponente en la parte superior, la imagen del Arcángel San Miguel.




El Portal Principal, la verdadera entrada del Monasterio, es algo más pequeño que el anterior, aunque igualmente maravillosamente decorado: en su parte superior hay tres nichos con escenas del nacimiento de Cristo, mientras que a cada lado del portal se encuentran en posición de oración el monarca Manuel I acompañado de San Jerónimo, y a la derecha su esposa, la Reina D. María y San Juan Bautista.

Está orientado al Oriente según la tradición cristiana, y es la puerta que da acceso al Altar Mayor. Fue diseñado por Diego de Boitaca y ejecutado por Nicolau Chanterenne en 1517.


Accedemos así al interior de la Iglesia Sta. Maria Belém. Con planta de cruz latina, está compuesta por tres naves a la misma altura (salón de la iglesia), unidas por una sola bóveda polinervada que descansa en seis pilares con una base circular. La cúpula del crucero cubre un ancho de 30 metros, y de ella dijo Kubler que representa "la realización más completa de la ambición medieval tardía para cubrir el mayor espacio posible con el menor apoyo". 


En el fondo, sobre el altar principal, hay un retablo con pinturas que representan escenas de la Pasión de Cristo y la Adoración de los Magos, del pintor Lourenço de Salzedo (1572-1574).



En la pared norte se pueden ver los confesionarios y, en el lado sur las ventanas decoradas con vidrieras de Abel Manta y la ejecución de R. Leone (ya en el siglo XX).  Habíamos dicho que uno de los objetivos de Manuel I era que el complejo sirviera de panteón a su dinastía, pues bien, en el brazo izquierdo del crucero descansan los restos del Cardenal-Rey Henrique, y los hijos del propio Manuel I, mientras que en el lado derecho se encuentra la tumba del rey D. Sebastião y los descendientes de D. João III. .



Por su parte, en la Capilla principal diseñada por el maestro Jerónimo de Ruão, quien introduce aquí  el arte manierista en  contraste con el cuerpo manuelino de la Iglesia, descansan sobre imponentes elefantes de mármol, las tumbas de D. Manuel I y D. Maria, a la izquierda (al lado del Evangelio) y D. João III y D. Catarina a la derecha (en el lado de la Epístola).



Pero sin duda el punto en el que se concentra la mayor afluencia de visitantes es aquel en el que se encuentran las tumbas de Vasco da Gama (sub coro izquierdo) y Luís de Camões (sub coro derecho), dos de los más ilustres hijos de Portugal.




Y por fin llegamos a la parte más impresionante y maravillosa del Monasterio: el Claustro. Y una vez más nos invade esa sensación de retroceder en el tiempo, y (haciendo un esfuerzo por abstraernos de los innumerables turistas) nos parece que los monjes pasan a nuestro lado invitándonos a dedicar un momento a contemplar la maravilla que es capaz de crear el hombre cuando cree en algo.


Fue diseñado por Diego de Boitaca , quien comenzó a trabajar a principios del siglo XVI, lo continuó João de Castilho a partir de 1517 y  fue completado por Diego de Torralva entre 1540 y 1541. Por su belleza, valor arquitectónico y enorme simbolismo, el claustro del Monasterio de los Jerónimos representa el máximo exponente de la arquitectura manuelina.

Concebido como espacio de oración y meditación para los monjes de la Orden de San Jerónimo,  presenta un piso de doble bóveda y planta cuadrangular, y se caracteriza por una decoración que combina los símbolos religiosos (elementos de la Pasión de Cristo, entre otros), los relativos a la monarquía (cruz de la Orden Militar de Cristo, esfera armilar, escudo real) y los elementos naturalistas (cadenas y motivos vegetales que conviven con un imaginario aún medieval, de animales fantásticos) en una explosión de belleza que atrapa instantáneamente nuestros sentidos, pero que hay que saber "leer", porque no está diseñada únicamente para el solaz del cuerpo y el alma, sino como era habitual en la época, con una función divulgativa.







Resulta aquí obligado hacer una parada para contemplar, en silencio, esas agujas que el sol tiñe de dorado mientras se elevan orgullosas hacia el cielo azul.


Continuamos recorriendo el claustro inferior, y encontramos, en el ala norte, la tumba de otro ilustre personaje que nos ha venido acompañando en todo nuestro periplo lisboeta y que será por ello objeto de su propio post:  Fernando Pessoa, el poeta del desasosiego, el responsable de algunas de las más hermosas líneas de la literatura europea.

Diseñada por Lagoa Henriques y ejecutada en 1985, el poeta fue trasladado aquí desde el cementerio dos Prazeres. Está ubicada en una zona relativamente tranquila y solitaria, de modo que, como uno de sus heterónimos, fue un placer acompañarle unos minutos y rezar una oración por su alma, puesto que "Todo vale la pena si el alma no es pequeña".



Nos encontramos ahora con el Refectorio, construido entre 1517 y 1518 por Leonardo Vaz. Bóveda polinervada al más puro estilo manuelino y debajo de gruesos hilos de piedra, las paredes aparecen cubiertas con un sillar de azulejos que datan de 1780-1785 y que representan en la parte superior el "Milagro de la multiplicación de los panes y los peces"  y en las paredes laterales escenas de la Vida de José de Egipto.

En el lado norte, hay un lienzo representando a S. Jerónimo, atribuido al pintor real Avelar Rebelo. En la parte superior sur, sobre la chimenea de calefacción, se puede ver una pintura mural al óleo, "Adoración de los pastores", atribuida a António Campelo (finales del siglo XVI) y restaurada en 1992.



En lo que se refiere a la Sala Capitular,  así denominada por ser el lugar destinado a que los monjes se reunieran "a capítulo", nunca tuvo este uso porque la bóveda y la decoración interior no se completaron hasta el siglo XIX. La puerta se completó en los años 1517-1518, y en su decoración destacan dos imágenes que representan, una vez más, a S. Bernardo y S. Jerónimo .



En el centro de la sala se colocó, ya en el siglo XIX,  la tumba de Alexandre Herculano.  En 1940 se modificó, dejando solo el arca de la tumba. La Sala Capitular también se utilizó como panteón para otros escritores portugueses y presidentes de la República, hasta que una vez finalizada la Iglesia de Santa Engrácia, esta se convertiría en el Panteón Nacional, siendo trasladadas allí las personalidades más recientes de la historia de Portugal.



Subimos ahora al Claustro superior, en el que podemos seguir contemplando la extraordinaria decoración manuelina, así como disfrutar de una espectacular vista del piso inferior que acabamos de visitar. Muy llamativas son las puertas de los antiguos Confesionarios, (doce en origen, aunque dos de ellos están hoy ocupados por la "Capilla del Senhor dos Passos"), toda vez que era un deber de los monjes de la Orden de San Jerónimo el ayudar a los marineros y peregrinos en la confesión.



Y desde aquí accedemos también al Coro Alto, que data de 1551 y que estaba destinado, entre otras, a las actividades fundamentales de los monjes, es decir: oraciones, canciones y servicios religiosos, ya que la Sala Capitular solo se terminó en el siglo XIX. Sin embargo, durante nuestra visita se encontraba sometido a trabajos de conservación y por ello no pudimos ver más que una pequeña parte de la silla monástica, que según Haupt es "una de las obras más bellas que la carpintería artística del Renacimiento dejó entre nosotros". 

En la balaustrada, hay un "Cristo crucificado"  del escultor Philippe de Vries  que lamentablemente estaba parcialmente cubierto.

Pero lo que sí podemos apreciar desde aquí es la nave central de la Iglesia, y el espectáculo realmente nos deja sin respiración... y sin palabras. La luz, las vidrieras, las enormes columnas, todo está diseñado para celebrar a Dios, para llevarnos hasta Él, para inundarnos de Su belleza. Y en ese momento, nos damos cuenta de que, efectivamente,  todos llevamos una chispa divina dentro.


Y llegamos así al final de nuestro recorrido. Empieza a caer la tarde, y solo nos queda detenernos para contemplar por última vez la belleza de esas blancas siluetas recortadas contra el azul del cielo, y recordar aquella frase del divino gordo sobre las palabras de Jesús: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19, 40).
“Cristo -dice Chesterton- profetizó la arquitectura gótica aquél día en  que las gentes educadas y respetables protestaron contra la algazara de los haraganes que le aclamaron en Jerusalén…  Y así, gritando las piedras, se pudo cumplir la profecía”. 



Bueno, pues ésto es todo lo que hoy quería compartir con vosotros; muchas gracias si habéis sido capaces de llegar hasta aquí. Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores, que espero pasen ratos agradables en este pequeño rincón, y agradeciendo todas vuestras visitas y cariñosos comentarios. Os deseo una muy feliz semana.

Un Abrazo y Sed Felices!


jueves, 23 de enero de 2020

La Posada del Potro. Córdoba.

Cualquiera que haya leído la novela más famosa de la literatura española, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", no puede visitar Córdoba sin hacer una parada en "La Posada del Potro"

Ubicada en el número 10 de la plaza del mismo nombre, se trata de un hermoso edificio de dos plantas, patio común, barandas de madera y paredes encaladas, en las que cuelgan innumerables y floridas macetas. Prototipo de vivienda popular de los siglos XIV y XV, la Posada conserva hasta nuestros días, gracias al empeño de vecinos y autoridades, su fisonomía original.



Pero vamos a hacer un poco de historia. Situada junto al Guadalquivir, separando las que fuesen colaciones medievales de Santa María y San Nicolás de la Axerquía, se encuentra la Plaza del Potro, lugar de paso e intercambios comerciales, que probablemente deba su nombre a que allí se realizaba la compraventa de potros y mulas. 

La colación de San Nicolás de la Axerquía resultó ser el lugar de asentamiento de la mayor parte de los gremios artesanales de la ciudad de Córdoba, de modo que se convirtió en un importante centro económico y comercial que veía como a sus calles y concretamente a su plaza, llegaban comerciantes, feriantes y viajeros de los más variados lugares. Siendo necesario alojarlos y por supuesto darles de comer (cosa que se hace en Córdoba con arte singular) empezaron a instalarse en esta zona gran número de tabernas, mesones y posadas.

Había además otro servicio muy demandado en el siglo XV, y es así que originalmente aparecerá la "Posada del Potro" como una mancebía, o lo que es lo mismo, un prostíbulo (tengamos en cuenta que la prostitución era una actividad perfectamente reconocida y aprobada por las autoridades de la ciudad).

Se trata como hemos dicho de un edificio de dos alturas, de suelo empedrado y paredes encaladas, al que se accede por un vano adintelado de madera. Lo primero que captura nuestra atención es su gran patio interior, rectangular, aunque ligeramente irregular, cuyo suelo, cubierto en esta ocasión por la fina lluvia que no dejaba de caer, parecía desprender destellos de plata. En torno a él, hiedras, hibiscus y bugambillas tiñen de verde las blancas paredes de lo que un día fuesen las cuadras, mientras que numerosas macetas de barro coronan sus arcos laterales, con ese esplendor decorativo tan carácterístico de Córdoba.


Levantamos la vista para contemplar la planta superior, en la que las dependencias que en su día fueran habitaciones de la posada se abren a una galería abalaustrada con techos de madera, y en ese momento el  tiempo parece retroceder, y ya no son turistas protegidos por un chubasquero los que pululan a nuestro alrededor, sino que allá a lo lejos, en el patio, un caballero de triste figura vela sus armas ante la atónita mirada de los viajeros, a quienes muchachas de negros cabellos, faldas de lunares y formas voluptuosas escancian un vino del color de la sangre.



Son muchas las referencias literarias relacionadas con la Posada del Potro: fuente de inspiración para Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Vicente Espinel o Pío Baroja quien la menciona en "La Feria de los Discretos".


Pero, sin duda, su habitante más famoso y querido fuera don Miguel de Cervantes Saavedra, quien tratará aquí con "ricachones de pueblo, hidalgos, palurdos y maleantes de aldea...", figuras todas ellas de un tiempo y un lugar que ya nunca morirán, gracias a su pluma y su genio.


Aquí podemos ver a Don Miguel escribiendo en su habitación.

La Posada del Potro conservó su función original hasta mediados del siglo XIX, momento en el que el papel comercial de la zona fue disminuyendo, y con él el número de visitantes y de ingresos. El edificio pasa a utilizarse como "corral de vecinos" hasta la década de los setenta del siglo pasado, cuando el entonces Teniente de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba decide rescatarlo del olvido y convertirlo en edificio de interés cultural. 

Ya en nuestro siglo, se decide instalar aquí el museo dedicado al artista del cante "Fosforito" y a la tradición del flamenco cordobés, inaugurándose en 2013 el denominado "Centro Flamenco Fosforito". Se encuentra aquí gran parte del legado cedido por el propio cantaor Antonio Fernández Díaz, "Fosforito",  a la ciudad de Córdoba ( numerosos objetos, textos, fotografías históricas y galardones obtenidos  a lo largo de su carrera), destacando la "Llave de Oro del cante" que recibió en 2005. Sin duda una visita obligada para los amantes del flamenco.




Abandonamos la Posada, y no podemos dejar de detenernos un momento en la Plaza del Potro, para admirar cuantos elementos la componen.

A nuestra derecha, el "Triunfo de San Rafael" (obra de Verdiguier), uno de los que pueblan la ciudad en honor al Arcángel Custodio de la misma y que originalmente estaba situado en la Plaza de San Hipólito (habrá algún post dedicado a ellos).


A la izquierda, la imponente fuente, de planta octogonal y dos escalones que llevan al pilón de aproximadamente un metro de altura. Una columna recortada hace de base de la taza, sobre ella una piña con cuatro bocas de las que fluye el agua, y coronando el conjunto se encuentra el elemento más representativo: un potro rampante (como no podía ser de otra manera). Data del reinado de Felipe II, y cabe destacar que se surtía del agua extraída del Manantial de Maimón.


Frente a nosotros, el antiguo "Hospital de Nuestro Señor Jesucristo", que hoy alberga los Museos de Bellas Artes y Julio Romero de Torres, visita ineludible para mí, mujer morena y amante del arte, pero cuyo interior no os puedo mostrar porque no está permitido obtener fotografías. 

El grueso de la colección que podemos contemplar en el Museo de Bellas Artes comprende obras de distintos siglos incautadas de los conventos cordobeses desamortizados en 1835 y 1868, junto con donaciones y regalos de colecciones particulares. En su fachada, un azulejo instalado en 1971, nos recuerda "El Príncipe de los Ingenios de España, Miguel de Cervantes Saavedra, de abolengo cordobés, mencionó este lugar y barrio en la mejor novela del mundo". 


Por su parte, el lugar en el que hoy se encuentra el Museo Julio Romero de Torres, perteneció al "Hospital de la Caridad", patrocinado por los Reyes Católicos y dirigido por la Orden Tercera de San Francisco hasta 1837. Desde mediados del siglo XIX sufre varias trasformaciones, acogiendo incluso la vivienda del conservador y director del Museo Provincial de Bellas Artes, Rafael Romero Barros, sí el padre del pintor, que nacería por tanto en este lugar. 



Tras la muerte de Julio Romero de Torres en 1930, su viuda e hijos deciden no vender las obras del pintor que aun conservaban y donarlas a la ciudad de Córdoba, con objeto de que el artista fuese siempre recordado. Y así el 23 de noviembre de 1931 se inaugura el Museo Municipal Julio Romero de Torres con la presencia del Presidente de la II República, cordobés a la sazón. En 1934 se adquieren los inmuebles colindantes y se añade la segunda planta.



A lo largo de sus seis salas podemos hacer un recorrido por la vida y la obra del artista, desde sus primeras caricaturas, cartelería de influencia francesa, hasta su obra más íntima, mística o sensual. Un homenaje a la Córdoba de sus entretelas, a cantaoras, toreros, bailaoras y  beatas; cada pincelada es "un símbolo de cada copla", de esa Andalucía que sabe conjugar como nadie la nostalgia y la alegría, la sensualidad y la religiosidad, la vida y la muerte. Absolutamente imprescindible.

Bueno, pues ésto es cuanto quería compartir hoy con vosotros; espero que os haya gustado, os haya podido resultar interesante, y si no lo conocéis os animéis a hacer una visita.

Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores y agradeciendo de corazón todas vuestras visitas, y que dediquéis un poco de vuestro tiempo a dejar algún comentario, que como siempre digo son el motor de este pequeño rincón.

Un Abrazo y Sed Felices!


miércoles, 8 de enero de 2020

El Cristo de los Faroles. Córdoba.

Caminando una mañana de octubre por calles cordobesas bajo un cielo azul acero en busca del Cristo de los Faroles, llamó mi atención una hermosa escalinata empedrada, enmarcada por blancas paredes encaladas sobre las que se derramaba una cascada de fragantes bugambillas. Se trataba de la Cuesta del Bailío, uno de esos lugares llenos de encanto con los que la ciudad nos sorprende a cada paso.


Aunque hoy la encontremos así, hasta 1711 se alzaba en este punto el arco o Portillo del Corbacho, que servía de separación entre las zonas de la medina o villa (la parte alta de la ciudad) y la zona de la Axerquía (la parte baja de la ciudad), y que una vez derruido, permitió aumentar la amplitud de la calle. Fue en 1943-44 cuando el arquitecto Víctor Escribano Ucelay la dotó del aspecto actual: su fuente de granito negro y estilo neobarroco para aprovechar el punto de abastecimiento de agua original, y muy especialmente sus característicos 31 escalones, de los que uno de cada dos se encuentra empedrado con el típico "enchinado cordobés".

En su pared izquierda brillan nueve crucifijos negros, que nos indican el paso de un "Via Crucis" (en su centro contienen el número de estación que se debe rezar) y que si bien no se concoce con exactitud en que momento fue colocado, date posiblemente del siglo XVIII al instalarse en la plaza cercana el Cristo de los Faroles. 


A nuestra derecha, según ascendemos, se encuentra la pared del huerto de los Capuchinos, sobre la que caen desbordantes las bugambillas, cuyo aroma envuelve la escalinata y nos evoca imágenes de aceros desenvainados y bandoleros de oscuros y brillantes ojos saliendo a hurtadillas de la ciudad.

Al fondo, se alza frente a nosotros la impresionante fachada renacentista de la Casa del Bailío, así como el campanario de la iglesia del Convento de los Capuchinos, enmarcando la silueta de este incomparable conjunto arquitectónico.


En la parte alta de la cuesta nos recibe un bellísimo azulejo de la "Vírgen de los Dolores", ante el que solía detenerse a rezar el torero Manolete (mi preferido, debo confesar) antes de visitar a la Vírgen en la iglesia que lleva su nombre. Allí lo encontró un día el hermano mayor de la Cofradia de los Dolores, Fernando Fernandez de Córdoba, quien decidió preguntarle a qué obedecía esa costumbre; "Manuel, ¿por qué da usted esa vuelta y siempre se para en el mosaico?”.  Manolete le brindó una respuesta tan fascinante como él: “Querido Don Fernando, el azulejo es para entrenarme. Entrar derecho a la iglesia y mirar a la Virgen a la cara, de sopetón, es demasiado. Primero hay que entrenarse”.


Son numerosas las cofradías que discurren por esta zona durante la Semana Santa cordobesa, estando dotada por ello de una intensa religiosidad; así podemos contemplar también el azulejo instalado en 2015, en honor al 75 aniversario de la creación de la hermandad de la Esperanza:



Y ¿por qué el nombre de Cuesta del Bailío? Pues bien, el nombre de "bailío" se le daba al caballero profeso de la orden de San Juan que, por antigüedad o por gracia especial del  Gran Maestre de la Orden, adquiría una especie de dignidad o encomienda denominada "bailiaje". Las casas que aquí nos encontramos pertenecieron a las familias Corbacho y Cárcamo, pasando en el siglo XVI a Fray Pedro Nuñez de Herrera, Gran Bailío de Lora, hijo de Alfonso Fernández de Córdoba, quinto señor de Aguilar. 

Por lo tanto es precisamente la Casa del Bailío la que da nombre a la Cuesta. Su portada, de 1530 aproximadamente, se atribuye a Hernán Ruiz el Viejo. En su interior, destacan entre otras, obras de Agustín Vicente Inurría y Julio Romero de Torres.



Giramos ahora a nuestra derecha y nos adentramos en una estrecha y empedrada calle, cuyas altas y blancas paredes parecen abrazarnos, para dirigirnos a la Plaza de los Capuchinos

Y es en ese momento cuando el tiempo se detiene y la plaza se abre ante nuestros ojos. Inmensa y diáfana, en solitaria paz, habitada solo por un Crucificado que se yergue en su centro y al que rodean cinco faroles ahora apagados. Silenciosa y acogedora, dejando que cada uno de nuestros pasos resuene sobre el suelo de piedra, al ritmo acompasado de nuestro corazón mientras nos dirigimos a Él. 


Es difícil explicar lo que se siente al estar frente al Cristo de los Faroles, pero si hay una palabra que lo describa, esa sería paz. Hermoso, doliente, esculpido en piedra y capaz de ablandar el más pétreo de los corazones, se eleva majestuoso hacia el cielo que ahora se ha tornado de un azul limpísimo, para recibir nuestras plegarias. A sus pies, velas que empiezan a derretirse, flores que empiezan a marchitarse, recuerdos silenciosos de las súplicas y almas que a él se han encomendado.


Se ha comparado al Cristo de los Faroles con un paso de Semana Santa que los costaleros hubiesen abandonado. Su verdadera advocación es la de "Cristo de las Misericordias y Desagravios", como reza una lápida de mármol gris que se encuentra en el muro del  convento: “Todos los fieles que rezaren devotamente un credo delante de esta sagrada ymagen del Ssmo. Christo de los Desagravios y Misericordias, ganan trescientos y sesenta días de indulgencia concedidos por diferentes prelados. Año de 1794”. 

Es tal el misticismo, la emoción, la intimidad, que quizá, lo mejor para describirlo sea recurrir a los versos de Carlos Clementson:

“Y el tiempo se ha quedado inerte y blanco, 
detenido en el centro de una plaza 
donde un Cristo de luna entre fanales 
agoniza sin tregua año tras año”.



Desde el punto de vista arquitectónico, la plaza es de una impresionante sobriedad. No en vano de ella dijo Ricardo Molina: "No es más que un rectángulo de cal y de cielo”, o aquel "Jamás en arquitectura se ha dicho más con menos” que sentenciase Rafael de la Hoz Arderius.

Su aspecto actual se fue configurando a lo largo de los siglos XVII al XIX, en diferentes fases. En 1629 los Franciscanos Capuchinos adquieren una casa al marqués de la Almunia para establecer su convento, y rápido levantan su iglesia. Casi un siglo después, en 1710, el padre Francisco de Posadas compra “unas casas principales” a Juan Antonio de Palafox, sobre las que levanta el hospital de San Jacinto para pobres incurables. Es en 1731 cuando el obispo Marcelino Siuri ultima la construcción de la Iglesia de los Dolores, para en 1794 erigirse en el centro de la plaza el Cristo de los Faroles (que se cree es  obra del cantero Juan Navarro) a raíz de un triduo predicado por fray Diego de Cádiz. Finamente, en 1835 se emprende, tras la desamortización, la demolición del convento capuchino, que sería refundado en 1905.

La Plaza de los Capuchinos presenta sendos accesos a la iglesia y al hospital. La portada de la iglesia, adintelada, está enmarcada por un frontón triangular partido en el que se encuentra una hornacina con una imagen de la "Virgen  de los Dolores". Por su parte, la portada del hospital que conduce también a los pies de la iglesia, presenta un esquema similar, salvo que el frontón ahora es curvo, y la imagen de la hornacina es la de "San Jacinto".


Cabe destacar en la  Iglesia de los Dolores su planta de una sola nave, cubierta por bóveda de cañón y cúpula sobre pechinas en el crucero, y especialmente un impresionante camarín de corte neoclásico, situado en la cabecera, que alberga una talla de la Virgen de los Dolores (Juan Prieto, 1719) conocida como "la Señora de Córdoba".


Si miramos ahora a nuestra izquierda, encontramos la blanca fachada del Convento del Santo Ángel, de los Padres Capuchinos, del que tras las desamortizaciones de 1810, 1821 y la definitiva de Mendizábal en 1836, se conservan únicamente el claustro y la huerta, así como la iglesia.



Y así, dirigiendo una última mirada al Crucificado, abandonamos la plaza para proseguir nuestro camino, sin duda llenos de emoción y prometiéndole una nueva visita.

Bueno, pues esto es todo cuanto quería compartir hoy con vosotros. Espero que os haya gustado, os haya podido resultar interesante, y si aún no conocéis el lugar, os animéis a hacerle una visita; merece la pena.

Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores y agradeciendo de corazón todas vuestras visitas y cariñosos comentarios. 

Un Fuerte Abrazo y Sed Felices.