"Art is the only serious thing in the world. And the artist is the only person who is never serious" Oscar Wilde.



"Haz lo necesario, después todo lo posible, y así conseguirás hasta lo imposible" San Francisco de Asís


martes, 24 de marzo de 2020

El arte de elegir

Hay una escena en "Lo que el viento se llevó" (mi película favorita) en la que Escarlata envía a Prissy a buscar al doctor ante el inminente parto de Melania. La negrita, con su aguda y llorosa voz, la responde: "Ay, señorita, no me mande a las cocheras del tren! Se muere allí la gente y a mí me dan mucho miedo los muertos!". 

Esta imagen no deja de venir a mi cabeza porque en Madrid se muere la gente. Sola, aislada, y en tal número que ha sido necesario habilitar una pista de hielo (antaño escenario de competiciones deportivas) como improvisada morgue. Se muere la gente, sí. Pese a que se nos dijo que no iba a pasar nada, que este "bichito" si, por pura casualidad llegaba a España, pasaría de largo haciendo como mucho alguna paradita esporádica, pero en ningún caso para quedarse y sembrar nuestra tierra de muerte, aislamiento, miedo y desolación. Vivimos en un mundo globalizado y, evidentemente, el virus llegó y se quedó; era absolutamente previsible.

Se muere la gente de vacío y de soledad, porque en ese mismo mundo globalizado, se ha engendrado toda una sociedad infantilizada, aborregada, huérfana de referentes morales, acostumbrada a gozar de todo aquello que pedía sin esfuerzo, sin demora; una sociedad ansiosa por estar, aparentar, mostrar... que se ha olvidado de ser. Por eso hay que salir a los balcones sin denuedo, hacer ejercicio como si no hubiera un mañana aunque hasta ahora la mayor actividad hubiera sido teclear con los pulgares, o bucear en páginas de arte para poder suplir los selfies en el museo (delante de cuadros de los que se desconoce nombre y autor) por selfies delante de la pantalla.

Y entonces, como suele ocurrir en los momentos de crisis, empezamos a descubrir que estamos rodeados de héroes anónimos, porque los empezamos a ver luchar cada día, cada noche, cada momento, a pecho descubierto, en primera línea, sin más coraza que su fortaleza y la fidelidad a ese juramento que un día realizaron. Y como por ensalmo, siguiendo su ejemplo, todo aquello de noble y hermoso que habita en el corazón humano empieza a salir a borbotones, superando con creces la maldad y la podredumbre. 

Y quizá también algunos descubren que el silencio es bueno, incluso agradable. Que es gratificante empezar a pasar tiempo con uno mismo y abandonar esa desesperada carrera hacia la masa. Que es un buen momento para analizar las prioridades, hacer balance y convertirnos por un instante en George Bailey para pensar como sería (como hubiera sido) la vida sin nosotros. Y tal vez entonces nos demos cuenta de que hemos estado solos en compañía, de que por mucho tiempo que hayamos pasado con una persona ésta nunca nos ha llegado a conocer, de que nos hemos dejado engañar muchas veces por los cantos de sirena, de que hemos fallado, caído, llorado, sufrido... pero que a pesar de todo eso, hemos sido importantes, necesarios, incluso esenciales para alguien, y por eso nuestra vida merece ser vivida.

Hace tiempo que me declaré fan incondicional de Agustín de Hipona. Tendemos a pensar que todo sucede por una razón (quizá por nuestra perentoria necesidad de encontrar sentido a los fracasos, al dolor, a la pérdida), que el destino está marcado y no podemos escapar de él: las cosas pasan, no hay nada que hacer. 

Pero no es así. Gracias a Dios, todos gozamos de esa maravilla llamada "libre albedrío", de la gloriosa capacidad de darle una patada al destino, porque amigos, todos nosotros podemos elegir. Y ahora, más que nunca, debemos hacerlo. 

Así que, elijo estar aquí, y luchar, y levantarme cuando me caiga o la vida me derribe. Elijo querer y dar a manos llenas, en barbecho, aun sin recibir respuesta. Pensar que el dolor también le da sentido a la vida, que si nos duele es porque ha merecido la pena, y que cada cicatriz es una medalla. Quizá, siguiendo con mi película favorita, me pasa como a Rhett Butler y tengo debilidad por las causas perdidas cuando de verdad lo están... 

Siempre me gusta recordar las palabras de un hombre muy grande en todos los aspectos, G.K.Chesterton, porque creo de verdad que "Al final no importará si escribimos bien o mal, si luchamos con mayales o cañas. Nos importará y mucho en qué lado luchamos”. 

Es el momento de confiar, de batallar y de rezar. De dar gracias a Dios cada minuto, cada hora, cada día en el que estamos vivos y sanos, y de pedir su protección y su consuelo. Porque de esta saldremos unidos, sí, pero sólo saldremos con Su ayuda. 

Y entonces, como decía Escarlata... "realmente mañana será otro día".






martes, 3 de marzo de 2020

La llave de la amistad

Existen personas a quienes Dios pone en nuestro camino para ayudarnos a transitar, personas que siempre nos iluminan con una sonrisa, nos dan calor con un abrazo, y nos consuelan con una palabra. Y una de esas personas es mi amiga Laura, doña "Flores con Encanto"

Me hacía mucha ilusión que tuviera algo hecho por mí en su preciosa floristería, porque un regalo realizado con nuestras manos lleva algo de nuestro corazón en cada pincelada, de modo que pensando, pensando, decidí hacer para ella un cuadrito de estilo"vintage" en tonos pastel, que iba a encajar perfectamente con su decoración entre la que hay una máquina Singer original que me da mucha envidia (sana, naturalmente ☺)



Para realizarlo he utilizado los siguientes materiales: una tabla de DM, un lienzo, papel de arroz, pasta relieve de textura arena, cola de decoupage, pintura chalk paint en blanco roto y rosa pastel, una plantilla de estarcido, una llave antigua y un pequeño lazo.


El primer paso consiste en promediar el lienzo sobre la tabla que nos va a servir de marco, y señalizarlo con cinta de carrocero. A continuación vamos a ir aplicando la pasta textura por todo el contorno con la ayuda de una espátula, dándole los relieves que más nos gusten. Una vez completo dejamos secar bien.


A continuación aplicamos sobre el lienzo una mano de pintura a la tiza, en tono blanco roto, que va a realzar el motivo del papel de arroz con el que lo vamos a forrar.


Mientras que seca, procedemos a pintar el marco con pintura a la tiza, pero en este caso rosa pastel, que va a combinar perfectamente con los motivos del papel de arroz elegido. Cuando tenemos el marco bien cubierto y bien seco, vamos a realizar un estarcido en blanco roto, concretamente unos topitos, que también combinan muy bien con el motivo del papel y que además contribuyen perfectamente al estilo "vintage" que estoy buscando.

Vamos ahora a forrar nuestro lienzo con el papel de arroz utilizando cola de decoupage, que además va a ejercer un efecto protector. Cuando tanto el lienzo como el marco se encuentran bien secos, procedemos a pegar uno sobre otro, con la pistola de silicona caliente. Finalmente le aplicamos un par de manos de barniz satinado en spray.

Me encantan estas llaves antiguas, sabéis que las he utilizado en algún que otro trabajo, de modo que tomé una de ellas, la puse un pequeño lazo rosa alrededor, la pegué también con silicona caliente en el centro del cuadro y éste fue el resultado final (justo el que estaba buscando):




Por último y como siempre digo, una buena presentación dice mucho de nosotros, de modo que envolvemos nuestro cuadro en papel de celofán, y lo metemos en una bonita bolsa de regalo:



Lo cierto es que a Laura la encantó y me hace mucha ilusión que pueda tener un poquito de mí con ella cada día. Por si fuera poco, este pequeño trabajo no puede estar en un lugar más hermoso, rodeado de flores y de belleza. 

Bueno, pues ésto es todo lo que quería compartir hoy con vosotros. Espero que os haya gustado o al menos os haya podido parecer interesante. Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores que espero pasen por aquí ratitos agradables, y agradeciendo de corazón todos vuestros cariñosos comentarios. Pasad una buena semana!

Un Abrazo y Sed Felices!


sábado, 15 de febrero de 2020

"Monasterio de los Jerónimos". Lisboa

Es una falta imperdonable visitar Lisboa y no acercarse a contemplar el monumento más impresionante de la ciudad, el "Monasterio de los Jerónimos". Ubicado en el barrio de Belém, por el que caminamos después de hacer una interminable cola para comprar los deliciosos pastelillos del mismo nombre, se alza de pronto ante nosotros, imponente en toda su magnificencia, elevando sus blancas agujas hacia el límpido cielo azul de la tarde lisboeta, cegando nuestros ojos con su albo resplandor y dejando prendido en nuestros labios un espontáneo suspiro de admiración.


Como tantos otros, el Monasterio nos habla de la historia de Portugal, de sus Reyes y de su pueblo. Así, debemos remontarnos a 1496, año en el que el rey Manuel I pide permiso a la Santa Sede para la construcción de un gran monasterio a la entrada de Lisboa, cerca de las orillas del Tajo, principalmente para reunir en un panteón a la rama dinástica que comenzó en Avante-Beja. 

El Monasterio de los Jerónimos vendría así a reemplazar a la iglesia que alguna vez existió en el mismo lugar, la Ermida do Restelo, fundada por Enrique el Navegante, y en la que Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche en oración antes de partir hacia la India. Se mantuvo su invocación a Santa María de Belém por expreso deseo del monarca.

Comenzaron los trabajos en 1501, estando finalizados aproximadamente un siglo después. El edificio del Monasterio se considera el máximo exponente del estilo "manuelino", estilo que combina elementos arquitectónicos del gótico final y del Renacimiento, asociando simbología monárquica, cristológica y naturalista que lo convierten en un estilo único. Construido en piedra caliza, cuenta con una fachada de más de 300 metros, cuyo principio de horizontalidad confiere al conjunto un aspecto de recogimiento a pesar de la explosión decorativa del mismo.



Denominado originariamente "Monasterio de Santa María de Belém", se conoce hoy como "Monasterio de los Jerónimos", puesto que D. Manuel I eligió a los monjes de la Orden de S. Jerónimo para ocuparlo, teniendo éstos entre otras funciones las de rezar por el alma del rey y proporcionar asistencia espiritual a los marineros que partieron de la playa de Restelo para descubrir otros mundos. Aquí permanecieron durante cuatro siglos, hasta su disolución en 1833. 

El centro visual de la fachada del Monasterio paralela al río Tajo es el Portal Sur. Construido entre 1516 y 1518 por João de Castilho, según el proyecto del francés Diego de Boitaca, supone una entrada lateral al recinto. En el pórtico, Nuestra Señora de Belén con el Niño,  llevando en la mano el recipiente de las ofrendas de los Reyes Magos. A ambos lados de la Virgen encontramos una multitud de estatuas que representan a santos, profetas, apóstoles, y doctores de la Iglesia.

En el tímpano aparecen representadas dos escenas de la vida de S. Jerónimo, y el escudo de armas de  Portugal. Debajo, entre las puertas gemelas de la Iglesia, aparece el Infante D. Enrique, fundador como hemos dicho de la  de la Ermida do Restelo y principal promotor de los Descubrimientos. Dominando todo el conjunto, imponente en la parte superior, la imagen del Arcángel San Miguel.




El Portal Principal, la verdadera entrada del Monasterio, es algo más pequeño que el anterior, aunque igualmente maravillosamente decorado: en su parte superior hay tres nichos con escenas del nacimiento de Cristo, mientras que a cada lado del portal se encuentran en posición de oración el monarca Manuel I acompañado de San Jerónimo, y a la derecha su esposa, la Reina D. María y San Juan Bautista.

Está orientado al Oriente según la tradición cristiana, y es la puerta que da acceso al Altar Mayor. Fue diseñado por Diego de Boitaca y ejecutado por Nicolau Chanterenne en 1517.


Accedemos así al interior de la Iglesia Sta. Maria Belém. Con planta de cruz latina, está compuesta por tres naves a la misma altura (salón de la iglesia), unidas por una sola bóveda polinervada que descansa en seis pilares con una base circular. La cúpula del crucero cubre un ancho de 30 metros, y de ella dijo Kubler que representa "la realización más completa de la ambición medieval tardía para cubrir el mayor espacio posible con el menor apoyo". 


En el fondo, sobre el altar principal, hay un retablo con pinturas que representan escenas de la Pasión de Cristo y la Adoración de los Magos, del pintor Lourenço de Salzedo (1572-1574).



En la pared norte se pueden ver los confesionarios y, en el lado sur las ventanas decoradas con vidrieras de Abel Manta y la ejecución de R. Leone (ya en el siglo XX).  Habíamos dicho que uno de los objetivos de Manuel I era que el complejo sirviera de panteón a su dinastía, pues bien, en el brazo izquierdo del crucero descansan los restos del Cardenal-Rey Henrique, y los hijos del propio Manuel I, mientras que en el lado derecho se encuentra la tumba del rey D. Sebastião y los descendientes de D. João III. .



Por su parte, en la Capilla principal diseñada por el maestro Jerónimo de Ruão, quien introduce aquí  el arte manierista en  contraste con el cuerpo manuelino de la Iglesia, descansan sobre imponentes elefantes de mármol, las tumbas de D. Manuel I y D. Maria, a la izquierda (al lado del Evangelio) y D. João III y D. Catarina a la derecha (en el lado de la Epístola).



Pero sin duda el punto en el que se concentra la mayor afluencia de visitantes es aquel en el que se encuentran las tumbas de Vasco da Gama (sub coro izquierdo) y Luís de Camões (sub coro derecho), dos de los más ilustres hijos de Portugal.




Y por fin llegamos a la parte más impresionante y maravillosa del Monasterio: el Claustro. Y una vez más nos invade esa sensación de retroceder en el tiempo, y (haciendo un esfuerzo por abstraernos de los innumerables turistas) nos parece que los monjes pasan a nuestro lado invitándonos a dedicar un momento a contemplar la maravilla que es capaz de crear el hombre cuando cree en algo.


Fue diseñado por Diego de Boitaca , quien comenzó a trabajar a principios del siglo XVI, lo continuó João de Castilho a partir de 1517 y  fue completado por Diego de Torralva entre 1540 y 1541. Por su belleza, valor arquitectónico y enorme simbolismo, el claustro del Monasterio de los Jerónimos representa el máximo exponente de la arquitectura manuelina.

Concebido como espacio de oración y meditación para los monjes de la Orden de San Jerónimo,  presenta un piso de doble bóveda y planta cuadrangular, y se caracteriza por una decoración que combina los símbolos religiosos (elementos de la Pasión de Cristo, entre otros), los relativos a la monarquía (cruz de la Orden Militar de Cristo, esfera armilar, escudo real) y los elementos naturalistas (cadenas y motivos vegetales que conviven con un imaginario aún medieval, de animales fantásticos) en una explosión de belleza que atrapa instantáneamente nuestros sentidos, pero que hay que saber "leer", porque no está diseñada únicamente para el solaz del cuerpo y el alma, sino como era habitual en la época, con una función divulgativa.







Resulta aquí obligado hacer una parada para contemplar, en silencio, esas agujas que el sol tiñe de dorado mientras se elevan orgullosas hacia el cielo azul.


Continuamos recorriendo el claustro inferior, y encontramos, en el ala norte, la tumba de otro ilustre personaje que nos ha venido acompañando en todo nuestro periplo lisboeta y que será por ello objeto de su propio post:  Fernando Pessoa, el poeta del desasosiego, el responsable de algunas de las más hermosas líneas de la literatura europea.

Diseñada por Lagoa Henriques y ejecutada en 1985, el poeta fue trasladado aquí desde el cementerio dos Prazeres. Está ubicada en una zona relativamente tranquila y solitaria, de modo que, como uno de sus heterónimos, fue un placer acompañarle unos minutos y rezar una oración por su alma, puesto que "Todo vale la pena si el alma no es pequeña".



Nos encontramos ahora con el Refectorio, construido entre 1517 y 1518 por Leonardo Vaz. Bóveda polinervada al más puro estilo manuelino y debajo de gruesos hilos de piedra, las paredes aparecen cubiertas con un sillar de azulejos que datan de 1780-1785 y que representan en la parte superior el "Milagro de la multiplicación de los panes y los peces"  y en las paredes laterales escenas de la Vida de José de Egipto.

En el lado norte, hay un lienzo representando a S. Jerónimo, atribuido al pintor real Avelar Rebelo. En la parte superior sur, sobre la chimenea de calefacción, se puede ver una pintura mural al óleo, "Adoración de los pastores", atribuida a António Campelo (finales del siglo XVI) y restaurada en 1992.



En lo que se refiere a la Sala Capitular,  así denominada por ser el lugar destinado a que los monjes se reunieran "a capítulo", nunca tuvo este uso porque la bóveda y la decoración interior no se completaron hasta el siglo XIX. La puerta se completó en los años 1517-1518, y en su decoración destacan dos imágenes que representan, una vez más, a S. Bernardo y S. Jerónimo .



En el centro de la sala se colocó, ya en el siglo XIX,  la tumba de Alexandre Herculano.  En 1940 se modificó, dejando solo el arca de la tumba. La Sala Capitular también se utilizó como panteón para otros escritores portugueses y presidentes de la República, hasta que una vez finalizada la Iglesia de Santa Engrácia, esta se convertiría en el Panteón Nacional, siendo trasladadas allí las personalidades más recientes de la historia de Portugal.



Subimos ahora al Claustro superior, en el que podemos seguir contemplando la extraordinaria decoración manuelina, así como disfrutar de una espectacular vista del piso inferior que acabamos de visitar. Muy llamativas son las puertas de los antiguos Confesionarios, (doce en origen, aunque dos de ellos están hoy ocupados por la "Capilla del Senhor dos Passos"), toda vez que era un deber de los monjes de la Orden de San Jerónimo el ayudar a los marineros y peregrinos en la confesión.



Y desde aquí accedemos también al Coro Alto, que data de 1551 y que estaba destinado, entre otras, a las actividades fundamentales de los monjes, es decir: oraciones, canciones y servicios religiosos, ya que la Sala Capitular solo se terminó en el siglo XIX. Sin embargo, durante nuestra visita se encontraba sometido a trabajos de conservación y por ello no pudimos ver más que una pequeña parte de la silla monástica, que según Haupt es "una de las obras más bellas que la carpintería artística del Renacimiento dejó entre nosotros". 

En la balaustrada, hay un "Cristo crucificado"  del escultor Philippe de Vries  que lamentablemente estaba parcialmente cubierto.

Pero lo que sí podemos apreciar desde aquí es la nave central de la Iglesia, y el espectáculo realmente nos deja sin respiración... y sin palabras. La luz, las vidrieras, las enormes columnas, todo está diseñado para celebrar a Dios, para llevarnos hasta Él, para inundarnos de Su belleza. Y en ese momento, nos damos cuenta de que, efectivamente,  todos llevamos una chispa divina dentro.


Y llegamos así al final de nuestro recorrido. Empieza a caer la tarde, y solo nos queda detenernos para contemplar por última vez la belleza de esas blancas siluetas recortadas contra el azul del cielo, y recordar aquella frase del divino gordo sobre las palabras de Jesús: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19, 40).
“Cristo -dice Chesterton- profetizó la arquitectura gótica aquél día en  que las gentes educadas y respetables protestaron contra la algazara de los haraganes que le aclamaron en Jerusalén…  Y así, gritando las piedras, se pudo cumplir la profecía”. 



Bueno, pues ésto es todo lo que hoy quería compartir con vosotros; muchas gracias si habéis sido capaces de llegar hasta aquí. Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores, que espero pasen ratos agradables en este pequeño rincón, y agradeciendo todas vuestras visitas y cariñosos comentarios. Os deseo una muy feliz semana.

Un Abrazo y Sed Felices!


jueves, 23 de enero de 2020

La Posada del Potro. Córdoba.

Cualquiera que haya leído la novela más famosa de la literatura española, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", no puede visitar Córdoba sin hacer una parada en "La Posada del Potro"

Ubicada en el número 10 de la plaza del mismo nombre, se trata de un hermoso edificio de dos plantas, patio común, barandas de madera y paredes encaladas, en las que cuelgan innumerables y floridas macetas. Prototipo de vivienda popular de los siglos XIV y XV, la Posada conserva hasta nuestros días, gracias al empeño de vecinos y autoridades, su fisonomía original.



Pero vamos a hacer un poco de historia. Situada junto al Guadalquivir, separando las que fuesen colaciones medievales de Santa María y San Nicolás de la Axerquía, se encuentra la Plaza del Potro, lugar de paso e intercambios comerciales, que probablemente deba su nombre a que allí se realizaba la compraventa de potros y mulas. 

La colación de San Nicolás de la Axerquía resultó ser el lugar de asentamiento de la mayor parte de los gremios artesanales de la ciudad de Córdoba, de modo que se convirtió en un importante centro económico y comercial que veía como a sus calles y concretamente a su plaza, llegaban comerciantes, feriantes y viajeros de los más variados lugares. Siendo necesario alojarlos y por supuesto darles de comer (cosa que se hace en Córdoba con arte singular) empezaron a instalarse en esta zona gran número de tabernas, mesones y posadas.

Había además otro servicio muy demandado en el siglo XV, y es así que originalmente aparecerá la "Posada del Potro" como una mancebía, o lo que es lo mismo, un prostíbulo (tengamos en cuenta que la prostitución era una actividad perfectamente reconocida y aprobada por las autoridades de la ciudad).

Se trata como hemos dicho de un edificio de dos alturas, de suelo empedrado y paredes encaladas, al que se accede por un vano adintelado de madera. Lo primero que captura nuestra atención es su gran patio interior, rectangular, aunque ligeramente irregular, cuyo suelo, cubierto en esta ocasión por la fina lluvia que no dejaba de caer, parecía desprender destellos de plata. En torno a él, hiedras, hibiscus y bugambillas tiñen de verde las blancas paredes de lo que un día fuesen las cuadras, mientras que numerosas macetas de barro coronan sus arcos laterales, con ese esplendor decorativo tan carácterístico de Córdoba.


Levantamos la vista para contemplar la planta superior, en la que las dependencias que en su día fueran habitaciones de la posada se abren a una galería abalaustrada con techos de madera, y en ese momento el  tiempo parece retroceder, y ya no son turistas protegidos por un chubasquero los que pululan a nuestro alrededor, sino que allá a lo lejos, en el patio, un caballero de triste figura vela sus armas ante la atónita mirada de los viajeros, a quienes muchachas de negros cabellos, faldas de lunares y formas voluptuosas escancian un vino del color de la sangre.



Son muchas las referencias literarias relacionadas con la Posada del Potro: fuente de inspiración para Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Vicente Espinel o Pío Baroja quien la menciona en "La Feria de los Discretos".


Pero, sin duda, su habitante más famoso y querido fuera don Miguel de Cervantes Saavedra, quien tratará aquí con "ricachones de pueblo, hidalgos, palurdos y maleantes de aldea...", figuras todas ellas de un tiempo y un lugar que ya nunca morirán, gracias a su pluma y su genio.


Aquí podemos ver a Don Miguel escribiendo en su habitación.

La Posada del Potro conservó su función original hasta mediados del siglo XIX, momento en el que el papel comercial de la zona fue disminuyendo, y con él el número de visitantes y de ingresos. El edificio pasa a utilizarse como "corral de vecinos" hasta la década de los setenta del siglo pasado, cuando el entonces Teniente de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba decide rescatarlo del olvido y convertirlo en edificio de interés cultural. 

Ya en nuestro siglo, se decide instalar aquí el museo dedicado al artista del cante "Fosforito" y a la tradición del flamenco cordobés, inaugurándose en 2013 el denominado "Centro Flamenco Fosforito". Se encuentra aquí gran parte del legado cedido por el propio cantaor Antonio Fernández Díaz, "Fosforito",  a la ciudad de Córdoba ( numerosos objetos, textos, fotografías históricas y galardones obtenidos  a lo largo de su carrera), destacando la "Llave de Oro del cante" que recibió en 2005. Sin duda una visita obligada para los amantes del flamenco.




Abandonamos la Posada, y no podemos dejar de detenernos un momento en la Plaza del Potro, para admirar cuantos elementos la componen.

A nuestra derecha, el "Triunfo de San Rafael" (obra de Verdiguier), uno de los que pueblan la ciudad en honor al Arcángel Custodio de la misma y que originalmente estaba situado en la Plaza de San Hipólito (habrá algún post dedicado a ellos).


A la izquierda, la imponente fuente, de planta octogonal y dos escalones que llevan al pilón de aproximadamente un metro de altura. Una columna recortada hace de base de la taza, sobre ella una piña con cuatro bocas de las que fluye el agua, y coronando el conjunto se encuentra el elemento más representativo: un potro rampante (como no podía ser de otra manera). Data del reinado de Felipe II, y cabe destacar que se surtía del agua extraída del Manantial de Maimón.


Frente a nosotros, el antiguo "Hospital de Nuestro Señor Jesucristo", que hoy alberga los Museos de Bellas Artes y Julio Romero de Torres, visita ineludible para mí, mujer morena y amante del arte, pero cuyo interior no os puedo mostrar porque no está permitido obtener fotografías. 

El grueso de la colección que podemos contemplar en el Museo de Bellas Artes comprende obras de distintos siglos incautadas de los conventos cordobeses desamortizados en 1835 y 1868, junto con donaciones y regalos de colecciones particulares. En su fachada, un azulejo instalado en 1971, nos recuerda "El Príncipe de los Ingenios de España, Miguel de Cervantes Saavedra, de abolengo cordobés, mencionó este lugar y barrio en la mejor novela del mundo". 


Por su parte, el lugar en el que hoy se encuentra el Museo Julio Romero de Torres, perteneció al "Hospital de la Caridad", patrocinado por los Reyes Católicos y dirigido por la Orden Tercera de San Francisco hasta 1837. Desde mediados del siglo XIX sufre varias trasformaciones, acogiendo incluso la vivienda del conservador y director del Museo Provincial de Bellas Artes, Rafael Romero Barros, sí el padre del pintor, que nacería por tanto en este lugar. 



Tras la muerte de Julio Romero de Torres en 1930, su viuda e hijos deciden no vender las obras del pintor que aun conservaban y donarlas a la ciudad de Córdoba, con objeto de que el artista fuese siempre recordado. Y así el 23 de noviembre de 1931 se inaugura el Museo Municipal Julio Romero de Torres con la presencia del Presidente de la II República, cordobés a la sazón. En 1934 se adquieren los inmuebles colindantes y se añade la segunda planta.



A lo largo de sus seis salas podemos hacer un recorrido por la vida y la obra del artista, desde sus primeras caricaturas, cartelería de influencia francesa, hasta su obra más íntima, mística o sensual. Un homenaje a la Córdoba de sus entretelas, a cantaoras, toreros, bailaoras y  beatas; cada pincelada es "un símbolo de cada copla", de esa Andalucía que sabe conjugar como nadie la nostalgia y la alegría, la sensualidad y la religiosidad, la vida y la muerte. Absolutamente imprescindible.

Bueno, pues ésto es cuanto quería compartir hoy con vosotros; espero que os haya gustado, os haya podido resultar interesante, y si no lo conocéis os animéis a hacer una visita.

Me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores y agradeciendo de corazón todas vuestras visitas, y que dediquéis un poco de vuestro tiempo a dejar algún comentario, que como siempre digo son el motor de este pequeño rincón.

Un Abrazo y Sed Felices!