"Art is the only serious thing in the world. And the artist is the only person who is never serious" Oscar Wilde.



"Haz lo necesario, después todo lo posible, y así conseguirás hasta lo imposible" San Francisco de Asís


sábado, 16 de febrero de 2019

Basílica de Sancta María ad Martyres-Panteón. Roma.

Si existe un lugar en Roma que atrae especialmente a los visitantes, ese es sin duda El Panteón. Considerado como una de las obras maestras de la arquitectura universal, es también una de las más singulares, ya que cuando traspasamos el imponente pórtico y las grandiosas columnas, nos adentramos en un perfecto espacio de recogimiento. En tan particular edificio se unen la historia de la antigua y pagana Roma imperial, con los cantos de alabanza a Dios Padre; la búsqueda de los eternos misterios (los enigmas de la luz y del espacio, los astros luminosos…), con la propia búsqueda espiritual. Estamos ante un lugar, en suma, donde cada piedra, cada estatua, cada obra de arte, tiene un pasado, un presente y un futuro. 


Fue Marco Vipsanio Agripa, yerno y colaborador del primer emperador Agusto, quien hizo construir el templo en el año 27 a.C, para dedicarlo a las siete divinidades planetarias, denominándose por ello “Panteón”, es decir, “de todos los dioses”. El edificio original, probablemente algo más pequeño que el actual, fue reconstruido por Adriano entre el 118 y el 125 d.C, invirtiendo 180 grados la orientación del mismo y abriendo ante el templo una gran plaza porticada.

Durante el reinado de los primeros emperadores el Panteón se cerró y abandonó, siendo después saqueado por los bárbaros. Más tarde, en el año 609 d.C, el emperador bizantino Foca lo donó al Papa Bonifacio IV, quien consagró el templo, dedicándolo a Sancta María ad Martyres, como contraposición a la antigua advocación pagana. Por ello, cuando visitamos el Panteón, estamos entrando en una Basílica cristiana, y no visitando un mero lugar turístico; algo que, lamentablemente, la mayoría suele olvidar.

Durante los siglos que siguieron a su consagración, la Basílica sufrió saqueos, daños y restauraciones. Se incorporaron dos campanarios cortos y apuntados obra de Bernini, cuyo diseño, totalmente ajeno a la arquitectura clásica del edificio, provocó el rechazo de los romanos, quienes los llamaban “orejas de burro”. Y llegamos así a 1878, año en que tras la Unidad de Italia, se destinó a lugar de sepultura de los Soberanos, se volvió a reformar, y se demolieron los famosos campanarios.

Vamos a empezar nuestro recorrido, observando el impresionante edificio justo desde el lugar que inmortalizasen Gregory Peck y Audrey Hepburn en la encantadora “Vacaciones en Roma”. Os apetece acompañarme?


Su imponente estructura se eleva sobre unos cimientos formados por un anillo de hormigón, realizado con roca volcánica mezclada con malta. Sobre él se apoyan las paredes de unos seis metros de grosor, formadas por tres estratos diferentes y aligeradas por cavidades que servían para dar relieve, al tiempo que facilitaban el secado de la malta.

La entrada del Panteón está precedida por un gran pórtico, de 34 por 16 metros, con ocho columnas en la fachada y tres a los lados. En el edificio original, el pórtico se alzaba casi un metro con respecto a la plaza, de forma que al templo se accedía por una escalinata de cinco peldaños. El tímpano del frontón que remata el pórtico estaba probablemente decorado con estatuas de bronce, pues los orificios presentes en el mismo hacen pensar en un águila con las alas abiertas.

En el friso del pórtico podemos ver una inscripción con letras de bronce que reza: “Marco Vipsanio Agripa, hijo de Lucio, como el constructor del Panteón, durante su tercer consulado”. Fue colocada por Adriano cuando ordenó reconstruir el templo, como recuerdo a su predecesor. Bajo ella, aparece un epígrafe grabado para recordar, a su vez, una reforma llevada a cabo en época de Septimio Severo (193-211 d.C).


El espacio del pórtico se divide en tres naves, con dos filas de tres columnas. La central es la de mayor amplitud, y conduce a la puerta de entrada de la Basílica. Las laterales, por su parte, conducen a dos grandes hornacinas, en las que con probabilidad se encontraban las estatuas del emperador Augusto y del cónsul Agripa. Las columnas, de granito rosa y gris, miden doce metros y medio de alto y cuatro metros y medio de circunferencia.


Por su parte, las vigas que sostienen la cubierta del pórtico estuvieron inicialmente revestidas de bronce, pero en 1625, el Papa Urbano VIII Barberini , lo utilizó para realizar el baldaquino del altar de la Basílica de San Pedro y numerosos cañones para Castel Sant’Angelo. Precisamente por ello, su nombre quedó para siempre unido al dicho popular: “Quod non facerut barbari, facerunt Barberini”.


La puerta de acceso a la Basílica es, de las que se han conservado de la época romana, la más grande, con más de siete metros de alto por cinco de ancho. Cubierta por completo de láminas de bronce, se caracteriza por una rejilla superior, que además de facilitar la iluminación interior, forma junto con las pilastras de bronce y las vigas de madera un sistema que permite la apertura y el mantenimiento de sus dos enormes hojas. Estuvo mucho tiempo bloqueada, pero tras su restauración, es posible abrirla con el simple empuje de dos personas.


La entrada fue proyectada para magnificar el poder del emperador Augusto, pues la propia construcción del Panteón se cree concebida para crear un espectáculo astronómico único, un show a mayor gloria del emperador, que se podía contemplar un solo día al año. Así, según el historiador y arqueólogo profesor La Rocca: “los rayos del sol, entrando por el óculo, iluminan las paredes del templo como si fueran un reflector, marcando el pasar de las estaciones y evidenciando en determinados días y horarios los edículos y las exedras. El haz luminoso ilumina perfectamente la puerta de entrada del Panteón el 21 de abril, fecha en la que se celebra el nacimiento de Roma: a las 12 del mediodía en punto, el faro de luz centraba y sigue centrando la entrada del templo”. Y ese era justo el momento que el emperador elegía para entrar en el Panteón, como si del nuevo fundador de Roma se tratara. 

Bien, llegamos ya al interior del Panteón, y nos encontramos en un lugar único por su grandiosidad, simbolismo y perfecta geometría: su altura y anchura son idénticas, de forma que el espacio de la Basílica puede inscribirse en una esfera perfecta de 43,30 metros de diámetro.


En el nivel inferior se abren ocho grandes ábsides, que alternan la planta trapezoidal con la semicircular. En los espacios situados entre las capillas se encuentran a su vez ocho edículos con columnas corintias, rematados con frontones curvilíneos y triangulares. Su decoración es fruto de diferentes restauraciones llevadas a cabo a través de los siglos, sin que responda por ello a un proyecto establecido y preciso.




En el segundo nivel, un orden de columnillas de pórfido adosadas enmarcaba las falsas ventanas, pero la decoración romana original fue sustituida por la actual en 1747, por el arquitecto Posi. 

Sin embargo, lo que verdaderamente asombra, maravilla y atrae todas las miradas en el Panteón, es su cúpula y el gran óculo central por el que entra la luz.


La gran cúpula del Panteón tiene un diámetro en su base de 43,30 metros, mientras que el óculo central tiene unos 9 metros. 

A medida que se asciende la cúpula va perdiendo espesor, de modo que de los seis metros del cilindro en el que se apoya se llega a menos de dos metros en su ápice. El material de construcción es una mezcla de argamasa y piedras volcánicas, piedra pómez para ser exactos, de modo que el porcentaje de la misma va siendo cada vez mayor a medida que nos acercamos al óculo central. Cinco filas de veintiocho casetones decoran la bóveda, disminuyendo gradualmente de tamaño para acentuar su forma.


Y he aquí la grandeza de una cúpula que, no contando con refuerzos, se mantiene en pie desde hace casi veinte siglos. Por qué? Básicamente por la técnica con la que fue construida, absolutamente innovadora en su momento, y ejemplo para construir maravillosas obras que vendrían después, como la cúpula de la Catedral de Florencia.

Cómo se construyó? Bien, en diferentes fases, la mezcla de argamasa y piedra volcánica se iba aplicando en pequeñas cantidades, drenando inmediatamente el agua sobrante. De esta manera, eliminando casi por completo las burbujas de aire que normalmente se forman durante el proceso de secado, se confería al material una resistencia excepcional. 

Cuenta la leyenda además, que para construirla se rellenó en el interior con tierra mezclada con monedas de oro y una vez terminada la obra, se invitó al pueblo a colaborar en la limpieza, de forma que quien encontrase las monedas podía quedarse con ellas (como imaginaréis el proceso de limpieza fue rápido y exhaustivo ☺). Pero no deja de ser una leyenda, porque en realidad la cúpula no fue construida sobre un cúmulo de tierra, sino sobre una armadura de madera semiesférica, con los moldes de los casetones.

El óculo es esa perfecta apertura circular, de nueve metros de diámetro, que ilumina la cúpula. 


Muchos se preguntan si, además de la luz, no entra la lluvia en el Panteón al estar el óculo siempre abierto. Pues bien, en Roma se dice que, pese a esa enorme apertura, el agua de lluvia se desvanece antes de entrar en el Panteón. En realidad la leyenda nació mucho antes de la existencia de la luz eléctrica, cuando cientos de velas iluminaban la iglesia, y el calor producido por sus llamas creaba una corriente de aire (el llamado "efecto chimenea"), que al ascender nebulizaba el agua de lluvia produciendo la sensación de que ésta desaparecía.

Pero la realidad es bastante más prosaica, y cuando llueve en Roma el agua entra en el Panteón, alcanzando el pavimento de mármol que los antiguos romanos construyeron, por eso, ligeramente cóncavo, de manera que confluyese en los veintidós orificios de desagüe estratégicamente camuflados entre las taraceas de mármoles policromados.

Frente a la puerta de entrada nos encontramos el Altar Mayor de la Basílica de Sancta María ad Martyres. Proyectado por Alessandro Specchi en el siglo XVIII por orden de Clemente XI, vino a sustituir al altar medieval original.


Detrás del altar se encuentra un ábside, con bóveda decorada con mosaicos, y donde se conserva la copia de la tabla de la "Virgen con el Niño" del siglo VII, cubierta con una lámina de plata, que se creía obra de San Lucas, y que fue colocada en el templo con motivo de su consagración a Sancta María ad Martyres. Junto al ábside, el coro de madera de mediados del siglo XIX, proyectado por el arquitecto Luigi Poletti, quien también trabajase en San Pablo Extramuros.

A ambos lados del altar, enmarcadas por columnas, se encuentran las estatuas de "San Rasio" (izquierda) y "San Atanasio" (derecha), pues sus reliquias se habían encontrado cuarenta años antes de la reforma dieciochesca del altar.


Dentro de las capillas que podemos contemplar en el Panteón cabe destacar:

.- La Capilla de San José en Tierra Santa: dedicada al patrón de los "Virtuosos del Pantéon", insititución con fines artísticos que tenía aquí su sede, y de la que formaban parte ilustres pintores, escultores y arquitectos, tales como Rafael, Caravaggio, Vignola, Valadier y Canova.

Fue concedida en 1542 al canónigo Desiderio da Segni, quien después de un viaje de peregrinación a Palestina, había traído en una caja la tierra que había ido recogiendo en los principales lugares de veneración. Una vez obtuvo la concesión, restauró la capilla, colocó la reliquia en el suelo, y la dedicó a San José. Al año siguiente, el propio canónigo constituyó la Congregación de los Virtuosos, por lo que en el interior de la capilla podemos ver numerosas inscripciones conmemorativas de los mismos, alternando con frescos y relieves que muestran diferentes episodios de la vida de San José.

En el altar tenemos una escultura de Vicenzo de Rossi: "San José con el Niño Jesús". A los lados de la misma, dos pinturas de Francesco Cozza: la "Adoración de los pastores" (izquierda) y la "Adoración de los Magos" (derecha) que datan de 1661.


.- La Capilla del Crucifijo: así llamada por el espléndido crucifijo de madera del siglo XV que se conserva sobre el altar. 

Una de las características de esta capilla es que permite ver una parte de la estructura interna con arcos de descarga del edificio, realizada en ladrillo, por las primeras cuadrillas de obreros que trabajaron en  su construcción.


.- La Capilla de la Virgen de la Clemencia: así denominada por el fresco de la escuela umbro-lacial del siglo XV que preside su altar, y que muestra a la Virgen de la Clemencia entre San Francisco y San Juan Bautista. Curiosamente, en un principio estuvo colocado en el exterior, en la hornacina izquierda del pórtico, protegida por una reja, y por ello es conocida popularmente como "Virgen de la Reja". En 1837 fue colocada tal y como la podemos ver en la actualidad.


.- La Capilla de la Anunciación: así llamada por el fresco que la decora, atribuido por algunos a Melizzo da Forli y por otros a Antoniazzo Romano. 

A su izquierda tenemos una obra de Clemente Maioli: "San Lorenzo y Santa Inés", y a la derecha "La incredulidad de Santo Tomás", pintura de Pietro Paolo Bonzi de 1663. En este espacio se conservan dos ángeles de mármol donados por el cardenal Tomasi a los Virtuosos, y más tarde por éstos al Capítulo de la Iglesia.

Y era en esta capilla donde se encontraba la fuente bautismal, celebrándose aquí los bautizos, ya que la Basílica fue parroquia desde el siglo X hasta 1824.


Hemos dicho que después de la Unificación de Italia, el Panteón fue utilizado como lugar de sepultura de los Soberanos, de modo que en sendas capillas podemos contemplar:

.- La tumba del Rey Humberto I y Margarita de Saboya: proyectada por Giuseppe Sacconi, y ubicada en la capilla que inicialmente se dedicase a San Miguel Arcángel y más tarde a Santo Tomás.

Para realizarla, Sacconi utilizó el mismo proyecto que había presentado al concurso para la ejecución de la tumba de Victor Manuel II (que se encuentra justo enfrente). No obstante murió antes de poderlo ver terminado, confiando su finalización a su discípulo Guido Cirilli en 1910.

La tumba está formada por una losa de alabastro con marco de bronce dorado, rodeado por un friso. A ambos lados se encuentran las figuras alegóricas de la Bondad (obra de Eugenio Maccagnani) y de la Munificencia (de Arnaldo Zocchi). Ante la tumba se encuentra el ara de pórfido con el emblema real, obra también de Guido Cirilli.


.- La tumba de Víctor Manuel II: situada en la capilla que en un principio se dedicase al Espíritu Santo, y que fuese modificada en 1878 para acoger los restos mortales del rey Victor Manuel II de Saboya, artífice en 1861 de la Unificación de Italia, convirtiéndose así en su primer Rey.

Como hemos dicho, la ejecución de la obra se sacó a concurso, y rechazado el de Sacconi, se adjudicó a Manfredo Manfredi, cuyo boceto definitivo fue aprobado el 21 de mayo de 1885, tardando tres años en terminarse.

La tumba está formada por una gran lápida de bronce con una inscripción conmemorativa: VITTORIO EMANUELE II IL PADRE DELLA PATRIA, y coronada por un águila romana de bronce. Bajo la lápida, el escudo de armas de la casa Saboya sobre dos hojas de palma. En el centro, colgada frente al monumento, una lámpara arde en memoria de otro rey, Víctor Manuel III, que murió exiliado en Alejandría en 1947.


Con el Renacimiento, el Panteón se convirtió en un prestigioso lugar de sepultura, de modo que custodia en sus capillas los restos de artistas y personajes históricos de primer nivel, como Annibale Carracci, el arquitecto Baldassare Peruzzi y e músico Arcangelo Corelli. Pero si hay una tumba que atrae como un imán a los visitantes, esa es, sin duda, la de Rafael Sanzio, el pintor de Urbino.


La tumba de Rafael se encuentra alojada en un edículo llamado "Virgen de la Piedra", pues en su parte superior se encuentra la estatua de la Virgen María con el Niño en brazos, y la Virgen apoya el pie en una piedra. La obra fue realizada por el escultor Lorenzetto, por encargo del propio Rafael para decorar su sepultura.


El pintor murió el 6 de abril de 1520, día de Viernes Santo, a la edad de 37 años. Su pérdida conmocionó a los romanos y a toda la corte pontificia, de modo que atendiendo a sus últimos deseos, su cuerpo fue sepultado aquí. En 1833 surgió la duda de que fuese realmente Rafael quien aquí descansaba, por lo que se procedió a la apertura de la tumba. Se encontraron los restos mortales, se pudo determinar que efectivamente correspondían al artista, y se trasladaron a un sarcófago de mármol de época romana donado por el Papa Gregorio XVI. 

En él se grabaron los versos dictados por el cardenal Pietro Bembo (que no podéis apreciar porque la tumba está protegida por un cristal y no hay manera de librarse del brillo del flash) y que rezan: ILLE HIC EST RAPHAEL TIMUIT QUO SOSPITE VINCI / RERUM MAGNA PARENS ET MORIENTE MORI ("Aquí yace aquel Rafael por el que la naturaleza creía haber sido vencida cuando estaba vivo y muerta cuando él murió". No os parece absolutamente precioso?)


Finalmente, no quería terminar el recorrido por el Panteón, sin llamar vuestra atención sobre el maravilloso "Via Crucis" que se colocó en la Basílica en mayo de 2009, con motivo del 1400º aniversario de su Dedicación al culto cristiano. Las piezas son obra del escultor Federico Severino, quien contó con la asesoría a nivel simbólico-teológico del sacerdote Angelo Pavesi. 

De esta manera, el arte se vuelve a poner al servicio de Dios, para conducir a los peregrinos a través del misterio de la Cruz hasta la alegría gloriosa de la Resurrección. 


Bueno, pues de esta manera llegamos al final de nuestra visita. Espero que os haya gustado y os haya podido resultar interesante. Estamos, sin duda, ante una de esas obras maestras universales que se deben visitar al menos una vez en la vida.

Y esto es todo lo que quería compartir hoy con vosotros, de modo que me despido, como siempre, dando la bienvenida a los nuevos seguidores que espero pasen por aquí ratos muy agradables, y agradeciendo de corazón todas vuestras visitas y cariñosos comentarios. Espero que tengáis una muy feliz semana.

Un Abrazo y Sed Felices!


domingo, 27 de enero de 2019

La Sainte-Chapelle. París

Si existe en París una verdadera joya del arte gótico, que de ningún modo debemos dejar de visitar, esa es, sin duda, la "Sainte-Chapelle". Forma, junto con la "Conciergerie", el "Palacio de la Cité", residencia y sede del poder de la monarquía francesa desde el siglo X hasta el siglo XIV. 

Hoy, ambas se encuentran incluidas en el "Palacio de Justicia", su nueva sede, de modo para visitarla debemos acceder a él, lo que supone unos inevitables minutos de cola, y la correspondiente revisión en los arcos de seguridad. 


Una vez en el patio del "Palacio de Justicia", podemos entrever la impresionante aguja, que se ha convertido en seña de identidad de la "Sainte- Chapelle". Vamos allá, os apetece acompañarme?


Será Luis IX, rey de Francia entre 1226 y 1270, y más tarde San Luis, quien encargue la construcción de la Capilla para custodiar las "Reliquias de la Pasión de Cristo", y especialmente la más importante, la Corona de Espinas, adquirida en 1239. Dado que las Sagradas Reliquias habían pertenecido a los emperadores de Constantinopla desde el siglo IV, Luis IX quiere, al comprarlas, convertir a Francia en una "Nueva Jerusalén" y por tanto en una segunda capital de la Cristiandad. 

El proyecto de este "relicario de piedra", como se le ha denominado, se atribuye al arquitecto Pierre de Montreuil, quien ideó un diseño con dos capillas superpuestas. Las obras se llevan a cabo entre 1242 y 1248, siendo este último, el año de su consagración.

El diseño exterior es relativamente sencillo, de tal modo que el arquitecto utiliza la capilla inferior como basamento de los pilares y contrafuertes que sostienen la capilla superior, permitiendo así que se abran espacios libres, que serán ocupados por las enormes vidrieras, coronadas en cúspide, que hacen de la capilla una obra maestra, única en el mundo. El techo, con gran inclinación, se adorna con una delicada balaustrada de mármol, y está coronado por una imponente y esbelta aguja labrada, de 75 metros de altura.


Dos altas torres en aguja cierran la fachada, que encontramos precedida por el pórtico, coronado a su vez por el gran rosetón en punta, con temas del Apocalipsis. Sin embargo, si nos fijamos con detalle, veremos que cada elemento estructural parece perder consistencia para convertirse en un sutil bordado; las nervaduras se adelgazan, los pináculos se afinan...todo va casi desapareciendo, para dar lugar a esos enormes vitrales que dejarán pasar al interior la luz del Creador, elevando el espíritu de los hombres hacia aquello que están llamados a contemplar.




Como hemos dicho, se trata de dos santuarios superpuestos. Desde el principio quedó claro que las Reliquias se situarían en la Capilla superior, a la que sólo podían acceder el Rey, sus allegados, y los canónigos encargados de celebrar los Oficios, a través de la terraza exterior, que se encontraba unida al propio Palacio. 

Por su parte, la Capilla inferior era el lugar de culto para el personal de Palacio y la gente del común, por lo que contaba con una entrada desde el exterior. Hoy en día, debemos acceder a la Capilla superior subiendo por una estrecha escalera de caracol. La planta del templo es muy sencilla, de tipo basilical, con un ábside semicircular. 

Empezamos nuestro recorrido por la Capilla inferior, que como hemos dicho tiene acceso desde el exterior, de modo que la Vírgen, patrona del santuario, recibe al visitante. Con apenas 7 metros de altura, tiene tres naves: una central, de gran tamaño, y dos laterales mucho más pequeñas. En el ábside de la izquierda, sobre la puerta que daba a la antigua sacristía, hay un fresco de la Anunciación, datado en el siglo XIII, que es el mural más antiguo de París.

El techo, abovedado, se sostiene mediante unos codales calados, que unen las columnas de las naves laterales, a los muros de los lados. Éstos, a su vez, están decorados con pequeños arcos trilobulados, sostenidos por columnas más pequeñas. Sobre ellos, doce medallones en los que figuran los Apóstoles. 



Sin embargo, si hay algo que nos llama la atención, es el predominio del color. Hay que tener en cuenta, que durante el periodo revolucionario, la Capilla, símbolo indiscutible del derecho divino que asiste al Rey, sufriría, como ya comentamos en el caso de Notre-Dame, toda clase de asaltos, saqueos y deterioros:  el mobiliario y la sillería del coro fueron robados, la aguja de la cubierta derribada, los tímpanos dañados, y las Santas Reliquias esparcidas por diferentes lugares. Únicamente las estatuas consiguieron salvarse. 

Es por ello que en 1846 comienza una intensa campaña de restauración, a la que se debe gran parte de la decoración policromada, y el aspecto actual del templo. El encargado principal de la restauración es el arquitecto francés Félix Duban y bajo sus ordenes un jovencísimo (aunque ya viejo conocido nuestro) Eugéne Viollet-le-Duc.

Así, sobre el intenso azul de las bóvedas, encontramos en oro la "flor de lis", el símbolo de la familia real francesa. También la podemos ver en las columnas, alternando en este caso con aquellas de fondo rojo, sobre las que resaltan las doradas torres de Castilla, armas de la familia real castellana, pues la madre de Luis IX no era otra que la reina Blanca de Castilla. La verdad, reconforta ver hasta dónde llegaba nuestra influencia ☺

Estatua de San Luis, rey de Francia.

Llega ya el momento de acceder, subiendo por una escalera interna, a ese sublime relicario que es la Capilla superior. Concebida como un precioso cofre, consta de una sola nave de 17 metros de ancho, por unos 20 de alto. 


Un alto zócalo rodea toda la capilla, interrumpido por arcadas de mármol calado, que se abren en profundos nichos, de forma que en la tercera arcada, se encuentran los destinados al Rey y su familia. Sobre cada pilastra, se levanta la estatua de un Apóstol. 


El techo, abovedado, representa en este caso un cielo azul oscuro salpicado de estrellas. 


Y es aquí, donde todo el esplendor del arte gótico se ofrece triunfante a nuestros ojos: los quince vitrales, que recubren con sus 1134 escenas una superficie de 618 metros cuadrados, iluminan con sus preciosos esmaltes toda la capilla, nos reciben en una "Jerusalén Celeste", repleta de luz y color, que inunda nuestros corazones en armonía perfecta con nuestro Creador. 

Las ventanas de la nave, de 15 metros de alto, por casi 5 metros de ancho, están divididas por cuatro ojivas, encima de las cuales hay un rosetón de 6 lóbulos y 2 elementos en forma de trébol de cuatro hojas. Las ventanas del ábside, de 13 metros de alto por 2 de ancho, tienen tan solo dos ojivas y 3 elementos trilobulados. 


Las quince vidrieras datan del siglo XIII. Narran la historia de la humanidad: el Génesis, el Éxodo, el Libro de los Números, el Libro de Josué, el Libro de Isaías y el Árbol de Jesé, San Juan Evangelista y la infancia de Cristo, la Pasión, San Juan Bautista y el Libro de Daniel, el Libro de Ezequiel, los Libros de Jeremías y Tobías, los Libros de Judith y de Job, el Libro de Esther, el Libro de los Reyes y la historia de las Reliquias de la Pasión.


Las vidrieras se leen de izquierda a derecha y de arriba a abajo, excepto la historia de las Reliquias de la Pasión, única que se lee en bustrofedón (la primera línea se lee de izquierda a derecha, la siguiente en sentido contrario, y así sucesivamente) y en la que se narra desde el descubrimiento de las Reliquias por Santa Elena en Jerusalén, hasta su llegada al reino de Francia.

Al fondo de la nave se encuentra el altar, en cuya tribuna se exponía el gran relicario que contenía las 22 "Reliquias de la Pasión", entre ellas un trozo de la Sagrada Cruz, y como hemos dicho, la Corona de Espinas. Sin embargo, fue destruido durante la Revolución, de modo que el que podemos contemplar en la actualidad es una copia del original, y las escasas Reliquias que sobrevivieron, se conservan hoy en el Tesoro de la Catedral de Notre-Dame.


El rosetón occidental data del siglo XV, e ilustra el libro profético de San Juan: el Apocalipsis aparece representado simbólicamente, frente a la Pasión de Cristo en el vitral central del coro. En el centro del rosetón, Cristo viene con toda Su gloria, para juzgar a vivos y muertos al final de los tiempos. La delicada armonía cromática entre azules pálidos, blancos y amarillos luminosos, y rojos intensos, contribuye a la mística exaltación de la escena. 


Finalmente, podemos acceder a la terraza exterior, por la que los propios reyes entraban en la Capilla, y contemplarla desde fuera. También allí, nos recibe y bendice Nuestro Señor.


Decía Chesterton que la arquitectura gótica era el cumplimiento de aquello que profetizase Jesús cuando se dirigía, triunfante, hacia Jerusalén: "Os digo que si éstos callan gritarán las piedras" (Lc 19, 40). Así, según sus palabras: "Cristo profetizó la arquitectura gótica aquél día en que las gentes educadas y respetables protestaron contra la algazara de los haraganes que le aclamaron en Jerusalén… Y así se alzaron, como ecos clamorosos de aquellos vítores, las fachadas de las catedrales medievales, pobladas de caras chillonas y de bocas abiertas. Y así, gritando las piedras, se pudo cumplir la profecía”. Pues bien, puede haber mejor ejemplo que el que acabamos de describir? 

Terminamos así nuestra visita, con el corazón henchido de gratitud hacia aquellos hombres que, guiados por la Fe, quisieron dejar en esta tierra una prueba permanente de alabanza y adoración a Dios. Con el orgullo de ser sus descendientes, y también con la responsabilidad de defender y mantener esa tradición por la que vivieron, lucharon y murieron. Nos han tocado tiempos muy convulsos, y recae sobre nuestros hombros una ardua tarea, pero no desfalleceremos, pues contamos con Su ayuda para llevarla a cabo.

Bueno, pues por hoy esto es cuanto quería compartir con vosotros. Espero que os haya gustado, os haya podido resultar interesante, o al menos despertado vuestra curiosidad.

Me despido como siempre, dando la bienvenida a los nuevos seguidores, que espero se sientan por aquí como en casa, y agradeciendo de corazón todas vuestras visitas y cariñosos comentarios. Os deseo una estupenda semana.

Un Abrazo y Sed Felices!



sábado, 19 de enero de 2019

Las Capillas Mediceas. Florencia

Vamos a terminar nuestro recorrido por el complejo de "San Lorenzo", con la visita a las "Capillas Mediceas", conjunto que ocupa lo que debiera haber sido el ábside de la basílica, y que comprende la "Capilla de los Príncipes" y la "Sacristía Nueva" o de Miguel Ángel, diseñados como verdadero panteón de la familia Medici.



Empezamos el recorrido por la "Cripta" o vestíbulo, diseñada por Bernardo Buontalenti, en la que se encuentran los restos de los Grandes Duques de Medici, sus consortes y sus descendientes, incluidos 49 vástagos "poco notables"  de la familia.



Anna María Luisa de Medici 
Verdadera responsable de la finalización del panteón familiar

Desde aquí, vamos a subir por una escalinata para adentrarnos en la suntuosa "Capilla de los Príncipes"

Concebida para mayor gloria y exaltación de la familia Medici, fue encargada por Cosimo I en 1568, aunque su construcción no comenzaría hasta el gobierno del Gran Duque Ferdinando I, en 1602, cuando tras un concurso público, la obra fue adjudicada a Matteo Nigetti. 

La capilla es octogonal y está coronada por una alta cúpula, de 59 m de altura, ubicada centralmente con respecto a la nave, a la que proporciona el equivalente a una capilla absidial. Encontramos aquí los cenotafios de los Grandes Duques: Cosimo I, Francesco I, Ferdinando I, Cosimo II, Ferdinando II y Cósimo III.

Ferdinando I eligió para cubrir los muros de su mausoleo, los más preciosos materiales: mármol y granito multicolor, alabastro, jade, lapislázuli, coral y madreperla. Es tal la magnificencia de la estancia, que impresiona enormemente entrar en ella.


Para su ejecución, Ferdinando I estableció el taller de piedra dura gran ducal, el "Opificio delle Pietre Dure". Se empleó la técnica denominada "commessi", consistente en ir juntando pequeños trozos de piedra, a modo de puzzles, para conseguir diseños muy del gusto de la época, entre otros, los emblemas de dieciseis ciudades toscanas bajo el control de los Medici.


Dado que el trabajo no sólo era enormemente costoso, sino que avanzaba muy lentamente, los recursos financieros del duque se veían cada vez más diezmados, hasta que Anna Maria Luisa de Medici, decidió dar a las obras el último y necesario impulso. De esta manera, la familia pasaría a la historia, y su panteón sería objeto de secular admiración para los viajeros de todo el orbe. 

En cada sarcófago, podemos ver un cojinete, delicadamente labrado, sobre el que descansa la corona del Gran Ducado, y como siempre, no puede faltar el escudo de armas de la familia Medici. Del mismo modo, en cada uno de ellos encontramos un enorme arco de granito gris, diseñado para contener una escultura, aunque por desgracia, solo se conservan dos: la de Ferdinando I, obra de Pietro Tacca,  y la de Cosimo II, obra de Pietro y Ferdinando Tacca. Y por cierto, los seis sarcógafos están vacíos, pues los Grandes Duques se encuentran enterrados, como ya hemos dicho, en el piso de abajo.




En la impresionante cúpula nos encontramos escenas del Génesis y el Nuevo Testamento, obra de Pietro Benvenuti. Bajo ella, el altar, fruto de una reconstrucción llevada a cabo en 1937, y decorado con paneles en piedras semipreciosas, de diferentes periodos (el día de mi visita, se encontraba sometido a obras de conservación, y por tanto rodeado de andamios).




Dejamos la impresionante Capilla, y nos dirigimos ahora a la parte más visitada del complejo, la "Sacristía Nueva". Sin duda, su fama reside en la grandeza del artista que la proyectó, ya que estamos ante el primer trabajo arquitectónico importante de Miguel Ángel.

Como ya dijimos en un post anterior, es el Papa León X, hijo de Lorenzo "El Magnífico", quien encargue al artista la "Sacristía Nueva", con el fin de albergar los monumentos funerarios de su padre y de su tío Giuliano. Los trabajos comenzaron en 1521 y fueron interrumpidos en 1527 por la caída de los Medici y la restauración republicana, siendo retomados por fin en 1534, cuando Miguel Ángel fue acogido bajo el ala protectora de la familia a condición de entrar a su servicio. 

Partiendo de la misma planta de la "Sacristía Vieja" de Brunelleschi, Miguel Ángel va a realizar un trabajo del todo innovador. Se trata de un espacio cúbico, coronado por una cúpula hemiesférica (para muchos una anticipación de la cúpula de San Pedro, proyectada por el artista ya en su madurez, 30 años después). 

En las paredes, trabajadas con planos a diversos niveles, encontramos elementos clásicos como arcos, pilastras, balaustre y cornisas, dispuestos sin embargo, en figuras y esquemas completamente nuevos y armoniosos. El empleo de "pietra serena", y la combinación de dos colores, contribuye a resaltar no solo los elementos arquitectónicos, sino la naturaleza dramática de los monumentos funerarios.

La segunda novedad fue que, si bien en un principio Miguel Ángel pensó en situar dichos monumentos en el centro de la sala, siguiendo la costumbre habitual, finalmente decidió colocarlos junto a las paredes. La mayor parte de la estatuaria estaba terminada cuando el escultor abandonó el proyecto, aunque su disposición definitiva sería decidida más tarde por el Duque Cosme I, junto a Giorgio Vasari y Bartoleomeo Ammannati.

Por tanto, a la izquierda, de espaldas a la puerta, nos encontramos con la soberbia tumba de Lorenzo de Medici, Duque de Urbino (1492-1516). 


Lorenzo, a quien está dedicado "El Príncipe", de Maquiavelo, aparece sumido en sus pensamientos, de modo que su temperamento reflexivo está en sintonía con las dos alegorías que decoran cada lado del sarcófago: "La Aurora", que parece despertar del sopor del sueño, y "El Crepúsculo", quien aparece abandonado en dolorosa inercia, presto a caer dormido. Ambas representan, pues, las horas más sugestivas para una mente contemplativa.

La línea elíptica sobre la cual se apoyan es una invención del artista, que anticipa las curvas del barroco. Las esculturas se caracterizan por el estilo denominado "terribilità", utilizando alargamiento y torsiones, y fueron dejadas incompletas en algunas partes, rasgo muy característico de Miguel Ángel. 


La tumba de la derecha es la de Giuliano de Medici, Duque de Nemours (1478-1516). En este caso, Giuliano se representa como un hombre de acción, y por ello va ataviado como un general romano, con bastón de mando. A ambos lados del sarcófago, reclinadas, dos nuevas figuras alegóricas:  "El Día", figura masculina, de poderosa musculatura y rostro inacabado, y "La Noche", una joven adormecida, de suave y brillante piel, bañada por la luz de la luna.



Precisamente será "La Noche", fuente de inspiración de artistas:

El poeta francés Baudelaire, en su poema  "L'Idéal" de "Las Flores del Mal", se refiere a ella:

"Ou bien toi, grande Nuit, fille de Michel-Ange,
Qui tors paisiblement dans une pose étrange
Tes appas façonnés aux bouches des Titans!"

En su obra "Vida de Miguel Ángel", Giorgio Vasari, cita un epigrama de Giovanni Strozzi, escrito probablemente en 1544, referido nuevamente a la escultura:

"La Notte che tu vedi in sì dolci atti
dormir, fu da un Angelo scolpita
in questo sasso e, perché dorme, ha vita:
destala, se nol credi, e parleratti".

De tal modo que el propio escultor, responde en 1545-46 con otro epigrama, titulado "Risposta del Buonarroto", y en el que hablando con la voz de su estatua, compone sin duda los versos más hermosos: 

"Caro m'è 'l sonno, e più l'esser di sasso,
mentre che 'l danno e la vergogna dura;
non veder, non sentir m'è gran ventura;
però non mi destar, deh, parla basso"

El tercer grupo escultórico se encuentra sobre el sepulcro que acoge los restos de Lorenzo "El Magnífico" y su hermano Giuliano (mi Medici favorito, asesinado en la Catedral, durante la conjura de los Pazzi en 1478). Se trata de tres esculturas, "San Cosma,  Madonna con il Bambino, y San Damiano".


La "Madonna" central es obra de Miguel Ángel, realizada en 1521. Está inacabada, pero llama poderosamente la atención la serena belleza de su rostro. A su izquierda, "San Cosme", obra de Giovan Angelo da Montorsoli, y a su derecha, "San Damián", obra de Raffaello da Montelupo. Todas fueron colocadas en su emplazamiento actual por Vasari, en 1554 (y como veis se están realizando obras de conservación).


Faltan las estatuas del Cielo y la Tierra, así como de dioses fluviales encarnados en el Tíber y el Arno, símbolos del Lazio y la Toscana. Es por ello que se ha considerado una cierta ironía, el que las esculturas más prodigiosas se encuentren sobre las tumbas de dos miembros no especialmente importantes de la familia, mientras que los verdaderamente grandes, Lorenzo y Giuliano, descansan en un mausoleo inacabado. Sin embargo, admiremos al hombre por sus hazañas, y al artista por su obra.

Bueno, y finalmente destacaremos el "Altar, obra del siglo XVI, en el que destacan dos monumentales candelabros de mármol, diseñados por Miguel Ángel, aunque realizados más tarde; el de la derecha por Silvio Cosini en el siglo XVI y el de la izquierda por Girolamo Ticciati en el siglo XVIII. Completa la decoración el Crucifijo de bronce, que se atribuye a Giambologna, y cuatro candelabros del siglo XVII.


Y de esta manera hemos finalizado nuestro recorrido por el complejo de "San Lorenzo", sin duda una parada obligada en cualquier visita a Florencia, no excesivamente concurrida de turistas, y en la que podremos disfrutar de incomparables obras de arte. Espero que os haya gustado!

Sin más, me despido como siempre dando la bienvenida a los nuevos seguidores, que espero pasen por aquí ratitos agradables. Quiero agradecer de corazón todas vuestras visitas, y el que dediquéis un momento a dejar algún comentario, sugerencia... que como siempre os digo son el motor de este blog.

Os deseo a todos una magnífica semana.

Un Abrazo y Sed Felices!